Posada Hostal Colonial,  Calle Morillo,  Puerto Colombia - Choroní

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Henri Pittier

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Choroní y el Parque Nacional Henri Pittier

 

Desde la ciudad de Maracay, recorriendo la carretera de montaña que atraviesa el Parque Nacional "Henri Pittier", construida por el dictador Gómez alrededor de 1920 y pavimentada a finales de los 70´s de 44.6 km de longitud, llegando a la costa encontrarás el pueblo de Choroní. Tiene 300 años de fundado, siendo uno de los pueblos coloniales más atractivos en Venezuela. Siguiendo el camino hasta Puerto Colombia podrás sentir la calidez de sus pobladores y oirás el retumbar de los tambores afro-venezolanos en la zona del malecón donde empieza la magia de tu estadía. Estando en el pueblo llegas a Bahía Playa Grande, caminando o en carro podrás disfrutar de esta excelente playa. Puedes también tomar una embarcación que te llevará a Playa de Cepe que queda a 45 minutos aproximadamente o a la Población de Chuao (la cual toma su nombre de la alta calidad de su cacao a nivel mundial) con también excelentes playas a solo 25 minutos.

¿Como visitar el Parque Nacional Henri Pittier?

El Parque Nacional, "Henri Pittier" es el pionero de nuestros parques nacionales. Ubicado en la zona central de la Cordillera de la Costa, entre los estados Aragua y Carabobo, tiene una superficie de 107.800 hectáreas entre costa, sabanas, valles, selva subtropical, tropical, húmeda y nublada. Lo atraviesan dos carreteras asfaltadas. Ambas parten de Maracay: una va desde Las Delicias hasta Choroní y la otra desde El Limón hasta Ocumare de la Costa. Terminan en la costa del mar Caribe después de ascender a alturas de 1.130 y 1.590 metros (Alto Choroní y El Portachuelo), respectivamente.

En los sitios denominados El Castaño (vía Choroní) y El Limón (vía Ocumare de la Costa) se encuentran los principales accesos al Parque. Sus temperaturas son muy variadas como variadas su riquísima fauna y flora: desde la cálida de la costa tropical hasta la fría de los bosques nublados que alcanzan los 6° y 12°. Veredas y sendas permiten al visitante disfrutar de su extraordinaria belleza. Hay, asimismo, caminos de herraduras o de recuas que permiten los paseos ecuestres, como el que sale de Turiamo y cruza la cordillera por el paso de Vigirima y el que lleva a Choroní, pasando por la costa o por la hacienda Santa Rosa Sinamaica. El más frecuentado es el que une a la población y a la hacienda Chuao con Turmero.

Cerca de la Estación Biológica Rancho Grande, en el corazón del Parque, varios senderos conducen a los bosques nublados del cerro Periquito (1.500 metros), el Pico Paraíso (1.800 metros) y el Pico Guacamaya (1.900 metros).

UN BOSQUE QUE SUBE A SER NUBE

Desde el mar a la bruma.

Si miráramos a la altura de las nubes la región que se extiende desde Ocumare hasta Choroní, observaríamos como los pilares de la Cordillera de la Costa, con sus soberbios acantilados, sus farallones y vertientes, sus playas, sus blanquísimas bahías, alzan unas montañas boscosas, llenas de niebla en sus cumbres, después de mostrarnos sabanas, ensenadas y valles de palmeras, bosques secos y espinosos. Nuestra mirada abarcaría así la vertiente Norte de una de las maravillas naturales de nuestro país: el Parque Nacional "Henri Pittier", donde conviven las mas variadas y raras criaturas vegetales y animales, en especial las aves, alrededor de 520 especies, el 41,6 por ciento de las 1.250 que alegran los cielos venezolanos y el 6 por ciento de las 8.000 que vuelan en el mundo. Pero si espectacular es la vista a vuelo de pájaro de esta parte del Parque nunca será tan sorprendente como llegar a el por sus entradas naturales, las dos carreteras que la atraviesan y que parten de Maracay: la que va a Choroní y la que se dirige a Ocumare de la Costa. De pronto, tras las curvas que nos alejan de los últimos poblados, las sabanas y valles, los matorrales y pastizales, dan paso a las ondas orillas de las vertientes boscosas y el bosque, con sus sombras y sus rumores, comienza a cundir por todos los rincones. El Parque pareciera hablarnos y abrirnos sus exuberantes rincones donde la luz del día se filtra entre las techumbres de sus ramas o se tiende sobre los senderos de hojas, helechos, malangas, riachuelos, quebradas.

Detengámonos un momento a escuchar el canto de las aves en la inmensa quietud. Los macizos de bambúes acentúan esa calma y la brisa que sacude las ramas de los árboles. Una quebrada, un curso de agua, se apuran sobre las rocas musgosas y cubiertas de plantas húmedas. Vuelan cien mariposas y se estremecen las flores silvestres, las más senillas y las más extrañas.

Es bueno llegar al Parque de mañana y en época de verano, mejor en diciembre. Es la hora de la luz más blanca y el momento en que surgen o se escuchan sus miles de pájaros a la vuelta de sus recodos.

Vayamos donde vayamos, hacia Choroní o hacia Ocumare, siempre nos esperará el bosque y frescura. A veces, su inmenso verdor y sus profundas montanas oscuras donde crecen gigantes vegetales de 50 metros de altura, desaparecen por completo en la espesa bruma. Y puede que llueva o llovizne más arriba, cuando la carretera pase por el Alto de Choroní o El Portachuelo.

Árboles sobre árboles hasta el cielo

Entre la vertiente Norte y la vertiente Sur de la Cordillera de la Costa, la naturaleza ha creado una flora y una fauna propias. Esta, sin embargo, suele viajar de un bosque a otro, aunque siempre veremos y escucharemos a la soisola, la paloma montañera, el loro guaro y al carpintero real en la selva veranera de las tierras bajas del Parque, la que se aproxima a la costa y a los valles de Maracay y al Lago de Valencia. La terrible cascabel merodea en su suelo cálido y espinoso.

Los arbustos que aman la aridez, la palmera costera que adora el calor y las xerófilas de suelo ardiente, como el cardón, no están muy lejos de los pastizales salvajes de las sabanas. El bosque seco de árboles bajos muestra el jebe, el palito blanco, el ajito, el cuspa. Abajo, entre Punta Tuja y Punta Jaguate, quedó el mar, sus arrecifes, sus manglares, sus bahías espléndidas, como las de Turiamo y Cata, los poblados de Ocumare y Choroní o el largo valle de la cuenca del Lago de Valencia. Por las vertientes Norte y Sur se deslizan, tranquilos o bullosos, los ríos y los arroyos. Unos van al mar o al Lago, solos o mezclados con otros cursos de agua. Se llaman el río San Miguel, que desemboca en la bahía de Turiamo; el Cumboto, El Silencio y Ocumare, que concluyen en la ensenada de Ocumare; el Cata, que termina en la ensenada del mismo nombre; el Piñalito, que ofrece sus aguas en la ensenada de Cuyagua; el Aroa, que muere en Punta Mosquito; el Grande del Medio, que se encuentra con el mar de Puerto Colombia; y los ríos Medio y Tamaira que forman el Chuao, el cual ofrece sus alegres aguas al mar vecino, tras cruzar el bosque donde se cultiva, desde la era precolombina y la Colonia, el más fino cacao del mundo que lleva su nombre. El Guayabita, el Caño Colorado, el Delicias o Maracay, el Güey, el Limón, que bajan por la vertiente Sur, entregan sus aguas al Lago de Valencia.

A medida que las vertientes suben al frío y a la niebla la naturaleza se hace más oscura, y más alta y exuberante es su vegetación. Después de los 1500 metros, comienzan los bosques húmedos y nublados. En las grandes soledades de las cumbres, el frío es de 6 grados centígrados. Y llueve mucho en esas alturas. Caen precipitaciones de 4.000 mm.

La fauna que puebla dichas inmensidades se parece a su vegetación frondosa, donde trepan las lianas, los helechos menudos y los helechos arbóreos, antiguos como los descomunales árboles Cucharón Niño, de raíces monstruosas y sobresalen en medio de la techumbre del bosque las palmas que aman las grandes alturas, la palma bendita, la manaca, la prapa, la araque y la albarico espinosísimas. Y se nos aparecen la orquídea y las bromeliáceas entre las epifitas y los helechos trepadores.

 

Si nos hallamos en las cercanías de la Estación Biológica no tardarán en hacer su aparición esas maravillas de la espesura y la hojarasca. Y si marchamos por los senderos que conducen a las zonas más húmedas del bosque nos encontraremos con la gallina azul, e perico siete Colores el campanero, el muy gentil saltarín cola de hilo y el colibrí cola larga. Nos guiarán hasta ellos sus cantos, sus murmullos. Pero si estas criaturas son de frecuente aparición, aves hay, como el águila negra, la solitaria y la casi extinta águila harpía, que son muy esquivas y, además, demasiado cercanas al cielo para que podamos admirar su majestuosidad. Bien ocultos, ariscos, huyen la danta, la lapa, el cuchicuchi, el zorro guache, el venado mata­cán. Tras ellos andan el puma y el cunaguaro, invisibles en la oscuridad del bosque, en los filos de la cordillera y las orillas de los torrentes y los pozos, donde nada el perrito de agua. Bajo los matorrales que nos cierran el paso, los colchones de hojas secas y mojadas y los rastrojos, gustan ocultarse las serpientes venenosas, la mapanare, la temible tigra mari­posa y las corales que engañan con su belleza de cinta de seda negra y roja. Las otras, las no venenosas, también abundan, pero no cargan la muerte en sus colmillos, como la cazadora negra, la verde gallo, la bejuca, la caracolera, la viejita, la pollera, la llamada culebra de dos cabezas morronga.

Se nos quedan mirando, antes de correr o deslizarse por el musgo y el suelo de hojas, los lagartos, los tuqueques, el mato. El escarabajo Hércules muestra sus puyas de esforzado trabajador del cieno

De noche, desde el fondo de la niebla y la negrura que hacen desaparecer el bosque, se oyen gritos y quejas de lechuzas, aguaita­caminos y se escucha muy alto el canto de la rana marsupial, una especie única que habita el Parque y cuya presencia se adivina cerca de la Estación Biológica.

En el nombre de Henri Francois Pittier

Entre 1916 y 1917 el gran naturalista suizo se estableció en Venezuela, se rodeó de discípulos y se entregó al estudio y clasificación de nuestra fauna y nuestra flora. En los años 30 y 40 advirtió a las autoridades sobre el peligro que corrían nuestras selvas nubladas de la Cordillera de la Costa, en especial las del bosque de Rancho Grande, entre Choroní y Ocumare. El entonces Presidente de la Republica, General Eleazar López Contreras, oyó su dramática advertencia y el 13 de febrero de 1937 decretó la creación del Parque Nacional Rancho Grande. El cual, desde 1953, lleva el nombre de Henri Pittier.

Pittier convirtió el bosque y la vieja casona de la que fuera hacienda de café en su casa de habitación y su estudio. Observó largamente los gigantes del bosque, como el árbol Cucharón y el águila Harpía; pero prestó igual atención a las criaturas menudas, a las orquídeas, al colibrí y al saltarín de cola de hilo. Cierto día descubrió una yerba de hojas gigantes, autóctona del Parque, la Gunnera Pittierana.

Desde que se fue no hay rincón del bosque, liana, helecho, musgo, arroyo, hasta las boscosas cumbres nubladas; y no hay ave, felino, reptil e insecto que no evoquen la presencia del abuelo de dulce mirada quien hizo posible la creaci6n y preservación de nuestro primer Parque Nacional y que por nostalgia de su gran amor por Venezuela se llama como el se llama en la eternidad y en nuestros corazones.

 

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